Con mi nocturna llegada a Khotan, decidí alojarme en el hotel de la estación, ya que pensaba quedarme lo menos posible. Solo quería desierto.
Los de la recepción prefirieron llamar a alguien, que se personó en breve tratando de venderme "la moto", en un inglés más pobre que el mío.
Tras tres horas de reloj, de negociaciones, llegamos a un acuerdo conveniente para los dos (a la mitad del precio de inicio). Ya hablaremos de los "básicos" que se deben mirar con lupa para hacer una incursión en el desierto. Son varios detalles y siempre depende del tipo de desierto que visitemos y la época en que lo habamos (y lo exigentes que seamos claro). Pero Jack (su nombre para el turista, porque el auténtico, chino, es impronunciable), pretendía venderme camellero, cocinero y guía, labores que, en todos mis anteriores desiertos, había cubierto una o, como máximo, dos personas. No estaba dispuesta a pagar tres días de periplo para cuatro personas. De ahí las horas de negociación, me salía más barato comprar el camello e irme sola.
El hombre dijo necesitar un día para preparar todo, así que quedamos para el día siguiente. Pude aprovechar éste para conocer otras ruinas de ciudades que algún día fueron importantes en el paso de la ruta de la seda. En este caso tocó Melikawat. No queda casi nada de lo que fue una importante fuente de jade para exportar a oriente y occidente, ya que estaba situada a orillas del "Dragón de Jade", nombre que recibe el río que, todavía hoy, suministra la preciada semipreciosa.
Paseé por la ciudad todo lo que mis pulmones soportaron aquel polvo de arena que copaba el ambiente. Era como si todos los uigures hubieran salido a barrer la calle. Hasta el punto que costaba ver el asfalto y la niebla marrón limitaba la visibilidad.
Al día siguiente, a la hora acordada, partimos bien aprovisionados, al encuentro con nuestro camellero. Llegamos, no sin antes pasar por una fábrica-tienda de jade y otra de seda.
La verdad es que él sólo me ofrecía la posibilidad de pasar por allí, y yo quise hacerlo, sabiendo que es sin compromiso de compra, porque me encanta ver como se curran, tanto las piedras como la seda. Y me alegré de hacerlo, no solo porque saco ideas para mis manualidades, y porque aprendo técnicas, sino también, en la fábrica de seda especialmente, porque es de las más artesanas que he visto hasta la fecha.
Y por fin nos encontramos con el que no tardé en bautizar como Mr. Silente, nuestro camellero. Otro de "esos hombres del desierto" que cuando te miran fijamente, te desnudan el alma.
Pequeña estatura, tez curtida, tostada y arrugadísima. Mirada serena, movimiento pausado y mano firme. Atlasikat y larga perilla blanquecina.
Había 4 camellos. Uno de ellos solo es para cargar bártulos, algo nada de extrañar teniendo en cuenta que llevábamos hasta una bombona de gas para cocinar, casi como las de butano de casa. Creo que este guía no ha ido al desierto en su vida, aunque se dice experto. No termino yo de verlo.
Mientras espero que terminen de atar la carga, un grupo de musulmanes cruza el camino de en frente. Vienen de rezar en el cementerio. Casi todos ellos paran y toman un discreto asiento para simplemente observar. Alguno incluso osa a emitir un tímido saludo, siempre correspondido.
Parece ser que, probablemente, la mayoría de ellos nunca ha visto una mujer occidental, en manga corta, pantalón remangado, descalza y pelo claro, suelto y descubierto.
Camellos cargados. Transfer despedido. Comienza la cabalgata.
Los de la recepción prefirieron llamar a alguien, que se personó en breve tratando de venderme "la moto", en un inglés más pobre que el mío.
Tras tres horas de reloj, de negociaciones, llegamos a un acuerdo conveniente para los dos (a la mitad del precio de inicio). Ya hablaremos de los "básicos" que se deben mirar con lupa para hacer una incursión en el desierto. Son varios detalles y siempre depende del tipo de desierto que visitemos y la época en que lo habamos (y lo exigentes que seamos claro). Pero Jack (su nombre para el turista, porque el auténtico, chino, es impronunciable), pretendía venderme camellero, cocinero y guía, labores que, en todos mis anteriores desiertos, había cubierto una o, como máximo, dos personas. No estaba dispuesta a pagar tres días de periplo para cuatro personas. De ahí las horas de negociación, me salía más barato comprar el camello e irme sola.
El hombre dijo necesitar un día para preparar todo, así que quedamos para el día siguiente. Pude aprovechar éste para conocer otras ruinas de ciudades que algún día fueron importantes en el paso de la ruta de la seda. En este caso tocó Melikawat. No queda casi nada de lo que fue una importante fuente de jade para exportar a oriente y occidente, ya que estaba situada a orillas del "Dragón de Jade", nombre que recibe el río que, todavía hoy, suministra la preciada semipreciosa.
Paseé por la ciudad todo lo que mis pulmones soportaron aquel polvo de arena que copaba el ambiente. Era como si todos los uigures hubieran salido a barrer la calle. Hasta el punto que costaba ver el asfalto y la niebla marrón limitaba la visibilidad.
Al día siguiente, a la hora acordada, partimos bien aprovisionados, al encuentro con nuestro camellero. Llegamos, no sin antes pasar por una fábrica-tienda de jade y otra de seda.
La verdad es que él sólo me ofrecía la posibilidad de pasar por allí, y yo quise hacerlo, sabiendo que es sin compromiso de compra, porque me encanta ver como se curran, tanto las piedras como la seda. Y me alegré de hacerlo, no solo porque saco ideas para mis manualidades, y porque aprendo técnicas, sino también, en la fábrica de seda especialmente, porque es de las más artesanas que he visto hasta la fecha.
Y por fin nos encontramos con el que no tardé en bautizar como Mr. Silente, nuestro camellero. Otro de "esos hombres del desierto" que cuando te miran fijamente, te desnudan el alma.
Pequeña estatura, tez curtida, tostada y arrugadísima. Mirada serena, movimiento pausado y mano firme. Atlasikat y larga perilla blanquecina.
Había 4 camellos. Uno de ellos solo es para cargar bártulos, algo nada de extrañar teniendo en cuenta que llevábamos hasta una bombona de gas para cocinar, casi como las de butano de casa. Creo que este guía no ha ido al desierto en su vida, aunque se dice experto. No termino yo de verlo.
Mientras espero que terminen de atar la carga, un grupo de musulmanes cruza el camino de en frente. Vienen de rezar en el cementerio. Casi todos ellos paran y toman un discreto asiento para simplemente observar. Alguno incluso osa a emitir un tímido saludo, siempre correspondido.
Parece ser que, probablemente, la mayoría de ellos nunca ha visto una mujer occidental, en manga corta, pantalón remangado, descalza y pelo claro, suelto y descubierto.
Camellos cargados. Transfer despedido. Comienza la cabalgata.








