9.11.09

Un Bomboncito: Desierto de Gobi. China V

Mr. Li me despertó con un humeante cafelito y una sonrisa de satisfacción, porque yo había podido disfrutar aquel maravilloso cielo estrellado. Y el día estaba despejado, podría empaparme del amanecer.

El café y la manta me han sentado de maravilla para entrar en calor, por que al alba, en este desierto, el frío arrecia de escándalo.

La duna de enfrente comienza a tornar de color, es hora de subir a la cima. Esto es más alto y empinado de lo que parecía, pero llegaré y lo veré, a mi ritmito pero lo voy a conseguir.

La estrellita dorada comienza a teñir el cielo, las nubes, las montañas del horizonte, las dunas, está pintando todo el paisaje de lindos colores cambiantes. Y allí estábamos Mr. Li y yo, tumbados en casi vertical, asomando nuestras cabecillas por el borde de la duna y con la babilla brotando por la comisura del labio al contemplar semejante espectáculo.

Lo más divertido fue bajar aquella duna cantarina. No había tablas ni plásticos para tirarse así en plan sandboarding paletillo, pero la bajamos saltando y rodando como dos niños traviesos. Primero doy unos pasos para hacerle notar el sonido de la duna. Luego el, entre risas, pega un salto que hizo que aquello retumbara, yo creo que oyéndose casi en la ciudad. Entonces me hizo ver que era un fenómeno normal y salté yo también. Así comenzó el concurso de "quien da el salto más largo" y el "ruido más fuerte", hasta que, torpe de mí, en uno de los saltos caí y rodé un poco. Parece que a Li le gustó la idea y el resto de la duna lo bajamos rodando.

Después del ataque de risas, y sacudirnos los kilos de arena que se habían metido hasta por el último rincón de nuestro cuerpo, nos tomamos el último café. Estuvimos un par de horas paseando por los alrededores y jugando a dibujar cosas en la arena. Por último, recogimos el chiringuito, preparamos los dromedarios y ale, caminito de regreso.

La despedida de aquel hombre especial fue como la de un hermano al que estás estrechamente unido, pero hacía siglos que no veías y que probablemente no volverás a ver en tu vida. Rebosante de calma, pero con mucha energía, con un interior colmado de paz. Aquella corta, pero intensa experiencia me dejó bien recargadita para una temporada.

Compré mi billete de bus, comí algo y, cuando quise darme cuenta estaba echada en otro bus-cama que me llevaría a Turpan, la Ciudad de la Vid.

PD: Ya Sabéis el problema actual con las fotos de China, mis disculpas. En cuanto regrese actualizo todo esto y las añado.

4 comentarios:

  1. MARICARMEN9/11/09 16:28

    Tiene que ser precioso, aunque solamente sea por la tranquilidad y silencio. Besos y disfruta.

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  2. Entiendo perfectamente lo que hablas de la calma y tranquilidad de Mr. Li. Yo tambien lo sentí con el beduino con el que ascendí al Sinaí. El silencio del desierto resuena internamente. Solo hay que escucharlo.

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  3. Desde que hablas del desierto recuerdo cada minuto que yo anduve por él, la calma, el silencio, la paz que sentí fue inmensa, y al volver nadie me entendía...mi hija acaba de volver y ahora no sólo lo entiende, lo echa de menos, como yo...Gracias Yola

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  4. Maricarmen, ¿solamente??? Esas dos características juntas son sinónimo de PAZ, y si hablamos de la interior eso es muy grande ;)

    Qué envidia Fon. Desde luego en Sinaí, si das con la persona apropiada, es fácil que todo se magnifique... Quiero volver allí!!!!

    Pato, gracias a ti por compartir tu experiencia. Desde luego los desiertos tienen algo especial.

    Besos a todos.

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