29.10.09

Camino de la Pastelería. China II.

Aterrizé en Lanzhou, en un aeropuerto a 70km de la ciudad, lo que supuso hora y media de bus. Llegué sobre las 11:00 de la noche y, de nuevo, los taxistas de la estación me esquiban.

Por fin encontré uno que se dignó a cogerme. Menos mal que tube la prudencia de imprimirme algunas palabras en chino, como hostal, restaurante, estación de bus, el nombre de las ciudades donde quería parar, etc. Nos pasamos en el taxi, de hotel en hotel, unas 3 horas. Unos no admitían extranjeros, otros eran demasiado caros y otros demasiado cutres, y yo no soy muy exigente, pero es que los chinos se han ganado el podium de los más cerdos del universo, habría preferido dormir en la estación de tren, que en algún hostal de los que vi.

Total, que le dije de volver a uno de los caros y cuando llegamos me dicen que no admiten por "mochilera", vamos el sumun de la discriminación. Que su hotel es de 4 estrellas y yo estoy buscando otra cosa. Así que a seguir buscando. Al final, sobre las 02:00, por un precio mas alto de lo que cubre mi presupuesto, pero bastante inferior a lo que rezaba en el cartelito de tarifas, me admitieron en lo que creo que es el prostíbulo de lujo de Langzhou. Las chicas debieron hacer algún tipo de trapicheo y me vendieron 7 horas de habitación al precio de una. Y es que una de las cosas que me llamó la atención en los alojamientos chinos, es que todos tienen lo que llaman "clock room", ya os podéis imaginar para lo que es una habitación por horas.

Desde Lanzhou internet comenzó a desaparecer a intervalos, el wifi desapareció completamente.

Al día siguiente, bien tempranito, me planté en la calle. Nadie, ni en el hotel, ni en alguna agencia de viajes que encontré caminando, sabe decirme cómo ir a la estación de bus oeste (porque hay cuatro estaciones), así que me pillé un bus urbano, que parecía recorrer la ciudad de ese a oeste. Cuando di la vuelta completa, me cogí otro que iba de norte a sur. Vale, ya tenía una cruz en fondo amarillo, dibujada en el GPS, ahora solo había que volver a coger el primer autobús y bajarse en el extremo oeste.

Allí, diccionario casero en mano (que no me sirvio de mucho), empecé a preguntar por Jiayuguan, que se dice algo así como chinyuan, vamos lo mismito. Me metieron en una minivan atestada hasta el punto que tres iban de pie, con los pies en el escalón y el cuerpo por fuera, por supuesto con la puerta abierta, y mi mochila encima de las 4 personas que iban en la segunda fila de asientos. El regazo de la primera fila ya estaba ocupado.

La minivan me dejó en una estación de autobús donde pude comprar mi billete a Jiayuguan. La estación está un poco al noroeste de la ciudad, en un barrio eminentemente musulman. He visto la primera mezquita, aparece la figura del kebab (pinchito moruno), aunque todavía son de pollo y pescado, hay bastantes mujeres con el pañuelo tapando su pelo, y lo que para mí es más importante, la gente sonríe sin más, intentan entenderte y hacerse entender, aunque no son muy imaginativos para hacer gestos o dibujar, sencillamente son simpáticos sin que el dinero medie su sonrisa, aunque he vuelto a perder mi adorado anonimato.

En la taquilla me dijeron que el bus salía a las "seventi", pero claro, yo no conozco la hora 70, así que interpreté que sería a las 17:00. Pero fue que tampoco, de modo que quise pensar que sería a las 7 de la tarde. Por fin, sobre las 20:30 salimos, después de sobrecargar el bus no solo de pasajeros, sino de mercancía, y es que aquí los buses hacen las veces de correo.

Un bus-cama a reventar, tres conductores, que pretenden que les ceda mi cama y yo me acueste en una colchoneta en el suelo, a lo que por supuesto me negué. Se puede fumar en todo el bus, pero se nota que se hacen eco de las prohibiciones, la gente tarda en coger esa confianza y siempre abren la ventanilla, o se acercan a la zona de los conductores. 12 horas en las que dormí muy bien, probablemente por el cansancio acumulado, y que salpicadas de intentos de comunicación, muchos de ellos exitosos, me llevaron al último bastión de la gran muralla, el Jiayuguang Pass.

No puedo dejar de decir, creo que por enesima vez, y nunca me cansaré, que, cuando desaparece la lengua inglesa reaparece la auténtica comunicación. La de mirarse a los ojos, jugar a las pelis o al pictionari. Suele ser la más divertida y la más productiva y el oeste de China me lo volvió a confirmar. Hacía mucho tiempo que no me reía tanto como en aquel viaje en autobús.

La antesala de la pastelería promete.

PD: Como andaba escasa de espacio y ya subí a la red todas las fotos de China, las borré del Nebu, así que no me quedan fotos hasta llegar a nosedonde, mis disculpas por la ausencia de documentación gráfica.

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