11.10.05

Fuera de Ruta, día 8.

Martes, 06/09/’05 -----Bahariya – Cairo.

-----Unas caricias en mi pelo promueven el romántico despertar. Todavía está oscuro, la vela debió apagarse hace rato. Por el este, una tímida franja luminosa, amenaza con difuminar la mágica noche, a la que despedimos como solo ella se merece. Siossi me invita a disfrutar del amanecer. Me dice que es más bello observar el nacimiento de un nuevo día que el de una noche, Eso es lo que quiso decirme ayer cuando no pudo contemplar el ocaso conmigo.

-----La situación no puede ser mejor. De nuevo recostada en su regazo, con los dedos de su mano paseando entre mi cabello y nuestros pies enterrados juntos, bajo la cálida arena. El mirador del espontáneo dormitorio, tiene unas vistas fantásticas. El astro rey emergerá por el horizonte, entre dos grandes cocas que le esperan como guardianes, vigilando su despegue hacia las alturas, desde donde alumbrará este lado de la tierra. Otro revitalizante amanecer del que disfruto con especial intensidad. Hoy me siento más alegre, más viva, más enérgica. Vuelvo a preguntarme ¿qué tiene el desierto?

-----Recogemos las cuatro cosillas que trajimos anoche y regresamos al campamento base. Poco antes del aseo nos despedimos. Serán nuestras últimas horas juntos (con Fathi a la espalda) pues, hoy a medio día, nos perderemos de vista. Desde la “roca-wc”, salgo por donde vine anoche, por delante del campamento, como si de una visita al servicio se tratase. Por el camino, no puedo evitar que se me escape una sonrisa, al ver los “bultos” que simulan nuestros cuerpos, tanto en mi saco, como en su “cama”, desde luego este chico piensa en todo. Podo después de llegar a mi saco, veo como Siossi vuelve por detrás, hasta su lugar, al otro lado de Hervie. Ahora solo espero que Fathi no haya necesitado despertarnos esta noche por algún motivo.

-----Vacío el contenido de mi saco, una manta y un par de cojines, y me meto dentro dispuesta a procesar la grandeza de esta noche. El ruido ha despertado a Fathi que, por la conversación, parece no haberse percatado de nuestra ausencia.

-----Son las siete, el sol va ganando altura y las sombras comienzan a acortarse. Nos levantamos.

-----Fathi prepara el desayuno, aprovechando las ascuas del fuego de anoche. Yo recojo mis cosas y voy a “despertar” a Siossi. Sobre el mantel, de papel albál, quesitos, tahina, pan de pita calentito y unos deliciosos boniatos asados. Estupendo y nutritivo pic-nick, regado con té-hierbabuena, para comenzar el día con fuerza.

-----Otra vez tengo que destacar la tranquilidad con la que toman el desayuno. No porque el hecho en sí me llame la atención, yo lo hago siempre así, incluso a riesgo de restar tiempo de sueño. Es que pensaba que ya nadie lo hacía y me consideraba un poco “bicho raro” por dedicarle su tiempo a este importante momento del día. Me congratula descubrir que no somos pocos los que apreciamos esta sana costumbre.

-----A eso de las nueve, tras disfrutar de alimentos, compañía y conversación, recogemos todo el tenderete. Esta vez es mucho más fácil pues, somos tres y no hemos tenido tormenta de arena. Todo lo que se puede quemar, sin dejar residuo, va a la hoguera, que luego s apagará echándole tierra. Lo demás en bolsas para tirar en el primer contenedor que encontremos. En lo que ellos terminan de preparar a Hervie, aprovecho para dejar a mis sentidos embeberse de todo lo que me rodea. Profundo suspiro de intercambio energético con este desierto.

-----Una vez comprobado que el lugar queda como si nadie hubiese estado allí, tomamos el camino de retorno a la carretera. Hoy conduce Fathi.

-----Antes de llegar, les comento que me encantaría ir a “Magic Spring”, pues dice mi Trota que el misterio de este manantial reside en que el agua no fluye hasta que alguien (animal o persona) se acerca, por eso se lo llama mágico. Además, no muy lejos de allí, en la cima de un pequeño cerro, parece que hay algunos esqueletos que podían datar de la época romana. Pero Fathi me dice que está dirección Fárfara (hacia el sur) y bastante adentrado en el desierto. Si yo quiero me llevan, pero supondrá una excursión de día completo hasta el regreso a Bahariya y, por tanto, hasta mañana miércoles no podríamos ir al Cairo.

-----Jo, una faena, yo pensaba que en una mañana podríamos verlo. No puedo dedicarle el día pues, esta noche he quedado con Mahdy en el Cairo y no tenemos línea telefónica para avisarle del retraso. Por segunda vez y, a riesgo de arrepentirme de no improvisar, dejo el “manantial mágico” para otra ocasión y continuamos hacia Bahariya.

-----“Adiós Desierto Blanco, gracias por todo, por cederme tu energía, por la fantástica puesta de sol, por regalarme esta noche, por tu bello amanecer, gracias, algún día volveré”

-----Ya por la carretera, cuando diviso el desierto negro, recuerdo que mi Trota decía algo sobre una flores pétreas. Le echo un vistazo y, efectivamente. En seguida comento que me falta por ver Agabat. Según la guía, es un lugar, entre montañas, donde se encuentran las famosas flores del desierto. Parece que son unas piedras negras de pirita, a las que el viento y la arena dan forma de flor y, que en algunos sitios, son trasparentes.

-----Fathi en seguida lo reconoce, pero él lo llama Flower’s Town. Me dice que eso si podremos verlo, que no se tarda demasiado tiempo.

-----Como a mitad del camino volvemos a sumergirnos en el oscuro desierto montañoso. El firme alterna zonas rocosas con profundas áreas de fina arena. Fathi se empeña en no seguir el rastro de otros vehículos y, en la primera laguna arenosa, el pobre Hervie queda hundido. Nada, ni su potente tracción, puede ayudarle a salir de allí. En un primer instante me asedia la confusión. Los chicos, aparentemente seguros y muy decididos, se bajan del coche y comienzan a retirar arena bajo las ruedas. Rápidamente recupero mi confianza, veo que saben lo que hace y que esto sólo nos retrasará un poco.

-----Tras hacerles algunas fotos, ¡¡cuerpo a tierra!!, seis manos trabajarán más rápido que cuatro. Hay que retirar la arena, delante de las cuatro ruedas, formando como lo que serían unas “rodadas de tractor”, las delanteras de unos dos metros de longitud. Ellos ya no se asombran de nada, sonríen al verme. La mirada de Fathi me dice que no era necesario, pero sí muy de agradecer el gesto. Siossi, que está al otro lado del coche, al veme, por debajo de este, asiente con la cabeza confirmando que el trabajo es correcto y agradeciéndolo.

-----¡¡Listo!!, probamos y, a la primera salimos de allí, aunque conseguimos avanzar apenas quince o veinte metros y, otra vez atascados. Repetimos la operación, esperanzados por la proximidad del firme rocoso. Esta vez conseguimos llegar hasta el pie de la montaña, donde no hay arena, pero si numerosas aristas basálticas y un desnivel que nos obliga a circular con casi cuarenta y cinco grados de inclinación y encima hacia mi lado. Casi puedo oír los alaridos de Hervie. Esta vez los mozos no se ríen por mi evidente temor a volcar. Veo que la cosa es seria pues, aunque Fathi sigue mostrando seguridad al volante, conduce infinitamente más concentrado de lo habitual.

-----Por fin se suavizan las aristas y la pendiente y llegamos a una amplia zona más o menos llana, redondeada y rodeada de montañas. El suelo es blanquecino y está salpicado de piedrecillas negras. Es Flower’s Town, la ciudad de las flores.

-----Nos bajamos y Fathi me dice que hay que buscar las flores de piedra pues, no abundan en Septiembre. El Khamsim, un viento caliente y cargado de arena, que sopla un par de veces en primavera (Marzo y Abril), es el encargado de pulir y desprender los pedazos de mineral, sembrando la zona de “flores”. Así, en Mayo, puede haber muchísimas pero, con el paso de turistas, van disminuyendo considerablemente. El próximo temporal se encargará de resembrar el área del preciado artículo. Nos dispersamos para la búsqueda y recolección, pero Siossi se queda en el coche.

-----He encontrado dos “flores” y he cogido varias piedras de extrañas y curiosas formas. A simple vista me parece basalto pues, es muy similar y al chocarlas suena metálico y no cristalino. O esto no es Agabat o la información del Trota no es del todo correcta. Aunque me declino por pensar en la primera opción pues, me consta que Fathi está agotado y conoce las limitaciones de Hervie. Con estas condiciones del terreno no me extraña que prefiera no adentrarse más.

-----Cuando regreso al coche con mi pequeño tesoro, Siossi me está esperando. Aguarda hasta que meto la nueva adquisición en la bolsa de las piedras. Con una batida visual, comprueba que estamos fuera del campo de visión de Fathi, que sigue buscando piedras. Busca en el bolsillo de su galabeya y me entrega una auténtica flor de negra pirita, al tiempo que dice: “Thanks to my god, for put you in my way” (Gracias a mi dios por ponerte en mi camino). Me emocionan y estremecen las sensaciones que trasmite su tono de voz, en este regalo para mis oídos. Paso atrás con él y no fundimos en un emotivo agradecimiento mutuo. Esta será nuestra segunda y última despedida.

-----Ya estoy en mi sitio cuando vuelve Fathi. Me da todas las piezas que ha cogido diciéndome que elija las que más me gusten y le deje el resto. Bueno, ninguna podrá separar a mi último regalo, pero hago una pequeña selección y le dejo casi todas.

-----Regresamos hacia el asfalto por otro sitio, más llano que por donde vinimos, pero con las mismas láminas basálticas de afilados bordes. Claro que es esto o la arena. Siossi advierte a Fathi que vamos a pinchar pero, este le dice que no hay elección. No se cómo pero lo he entendido claramente. De repente se termina el firme rocoso y no queda otra opción que probar suerte por la arena.

-----El primer tramo lo pasamos, con cierta dificultad, pero lo pasamos. Claro que el siguiente es más largo y profundo. El pobre Hervie no puede ya ni con su alma, de modo que se vuelve a atascar. Otra vez cuerpo a tierra para echarle una manita al coche. A pesar de lo mucho que se suda y el duro trabajo que supone, me encanta esa sensación que producen los granitos de arena corriendo entre mis dedos. Me quedaría aquí jugando. Por fin conseguimos salir de allí y regresar a la carretera sin más percances.

-----El camino hacia Bawiti se convierte en un cúmulo de controversia. Otra vez me coloco girada hacia mi izquierda, con la puerta de Hervie como respaldo. Voy escuchando una agradable música en mi MP3. Viajamos cayados pero Siossi y yo no podemos dejar de comunicarnos. Deseamos tocarnos pero… apenas un metro de aire, cargado con siglos de historia, religión y cultura, se interpone entre nosotros. Nada de muestras afectivas heterogéneas en público. Yo, doña achuchones, la niña de los besitos cariñosos, la “sobona” de turno, privada de mi más básica necesidad: la expresión corporal de mis sentimientos.

-----Siossi coloca las manos sobre su corazón, al mismo tiempo que un sentimiento entre tristeza y melancolía tiñe su cara. Simultáneamente fluye or mis oidos una emotiva balada de Queen. Le paso el MP3 diciendole que escuche mi regalo. Nuestros ojos sólo pueden ver los del otro. Los suyos se tornan vidriosos. Como si nada nos rodease, sentimos que estamos solos. Ni siquiera percibimos el movimiento, tan solo una arraigada cultura. Incapaz de controlar tan intensas emociones, deja escapar una lágrima que reorre su mejilla.

-----Un desvío que toma Fathi a la izquierda, nol obliga a regresar a la otra realidad, a la que percibe todo el mundo. A tenido la brillante idea de parar en un manantial, cercano a Bawiti, para asearnos un poco. Por el corto camino que separa el manantial de la carretera mantienen una sera conversaci´n que no alcanzo a comprender. Al parar, Siossi desaparece rápidamente. Fathi se pone el bañados y me dice que me cambie detrás del coche y me envuelva en su toalla, considerablemente más grande que la mía. El me esperará en el pozo.

-----Al llegar compruebo que hay dos niños jugueteando en el agua y un hombre, posiblemente su padre, recogiendo dátiles por las inmediaciones. Antes de descubrirme pregunto a Fathi si considera oportuno mi baño, a la que responde que espere un momento. Habla con el hombre; éste les dice algo a los niños en tono autoritario, que hace que ellos, sumisos, asintiendo con la cabeza, se aparten al otro lado de la “piscinilla”. El hombre decide marcharse. Fathi me dice que ya puedo meterme al agua.

-----El azufre le proporciona un color rojizo y ese olor sulfuroso. La alta temperatura y la corrente que la bomba extractora le dan al oxidado líquido, convertirán esto en un relajante baño terapéutico para mi y un extraño tiente color óxido par mi bikini beig.

-----Desde dentro del manantial veo, tras unos matojos cercanos, un pequeño pilón que recibe agua desde el pozo. De su interior emerge el tostado torso de Siossi. Está lavando afanosamente su chilaba, con un jabón que le ha prestado el lugareño.

-----Cuando termina la colada sale del agua para tenderla, sobre unos matorrales al sol. Los pantalones que lleva debajo están completamente empapados y adheridos a sus piernas. Mi vista se deleita con su atlético físico de equilibrada definición muscular. A pesar de la “vigilancia” de Fathi no puedo dejar de observarle. Todo, incluso su nueva mirada, me resulta extraño. Tras tender regresa al pilón para lavar el pantalón. Al terminar lo ha colgado, sin salir del agua, en una planta cercana. Ahora continua lavando su cuerpo.

-----Los niños, extrañados por la situación de encontrar una mujer en su mismo “baño”, me miran y se sonríen entre ellos, mientras continúan con sus juegos, manteniendo la distancia. Fathi continúa disfrutando de su baño sin perdernos de vista a Siossi y a mi.

-----Por fin se atreve a hablarme del tema. Me dice que no lo piense más, que me olvide de Siossi pues “no merece la pena”. El desafortunado comentario me altera, provocando una reacción no muy agradable por mi parte. Le digo que lo que pase o sintamos es sólo asunto nuestro y que no debería intervenir en algo que no es de su incumbencia. Evidentemente no le ha gustado mi respuesta, ni el todo de mi voz que, lleva implícito un claro rechazo hacia el hecho de que se permita emitir opinión al respecto. El me pide disculpas diciendo que no me enfade, que solo es un consejo de “hermano”. Replico que ya soy mayorcita y que hace tiempo que tomo mis propias decisiones. Suelo ser bastante consecuente con ellas, de modo que no necesito otro “papá” (ya tengo dos y voy sobrada).

-----Unas pequeñas arruguitas en la yema de mis dedos, ponen fin al fantástico baño. Me quedo un ratito secándome al sol y vuelvo al coche para cambiarme. Tiendo mi bikini “oxidado” en el retrovisor de Hervie. Mientras ellos hacen lo propio, me doy una vuelta por el lugar, para disfrutar de mis últimos momentos en la naturaleza, a este lado del Nilo. Aprovecho para recoger algunos dátiles que nos servirán de aperitivo.

-----Al volver compruebo asombrada que, misteriosamente, mi bikini ha recuperado su color original. A priori pienso en los efectos del sol pero, han pasado escasos quince minutos y todavía está muy mojado, rápidamente descarto esa posibilidad. Con cara de interrogante miro a Fathi y éste negándolo, señala con la mirada a Siossi. Entonces le miro y me dice: “Así está mejor”. No puedo salir de mi asombro ¡¡qué afán de limpieza!! Evidentemente agradezco el gesto aunque todavía estoy extrañada. Menuda vergüenza me dio en ese momento.

-----Ya todos en el coche, emprendemos el corto camino que nos queda de regreso.

-----Llegamos al hostal de Hameda sobre las dos de la tarde. Bajamos los bultos de Hervie, Fathi los va llevando al interior y nosotros continuamos allí, revolviendo el maletero, sin hacer nada más que estar allí, distantes, aunque juntos en cierto y misterioso modo. No queremos que se termine pero… Entregándome la mochila, toma mi mano. Sus luceros están apagados, solo dicen una cosa: “ADIOS”. Retrocede un par de pasos hasta que nuestras manos pierden contacto. Se da la vuelta y sigue su camino. A paso lento, pero firme, algo cabizbajo, avanza sin mirar atrás hasta perderse por las callejas del pueblo. Sólo antes de doblar el último esquinazo me regala una última sonrisa.

-----Me habría encantado verme a mi misma por un agujerito, en aquél momento. Allí parada, de pie, agarrando la mochila que está apoyada en el suelo y con los ojos perdidos en aquél esquinazo entre callejuelas, por donde desapareció Siossi de mi vida. Llena por la experiencia vivida. Vacía porque se termina.





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